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De vuelta al Naranjo.

amanece en el jou tras del picu

Otra vez en los Picos, y como viene siendo habitual otra vez en Urriello. El Naranjo es el gran Tótem de la escalada en España, la cumbre deseada por los montañero, la pared soñada por los escaladores, la oficina preferida de los guías.

En esta ocasión tengo el placer de trabajar junto a un maestro, el decano de la orden de los guías, Erik Pérez.

No se los años que lleva atando a sus clientes a la cuerda, pero son muchos.

Suena el despertador en mi casa de Oviedo a las 2:00 a.m. Como puedo, tomo un zumo y una pieza de fruta y bajo a la calle aun medio dormido. El ruido del motor acaba de despertarme. Rumbo a Picos.

de camino a la cara sur
Son las 4:00 a.m cuando llego a Pandébano. Me recibe la Luna nueva brillante por su ausencia.

Luz de linterna y pisada firme.

Me paro en la Trenosa un momento a cargar agua y a jugar con el perro del refugio.

6:00 a.m llego al refugio de Urriello para desayunar. Erik esta fuera con Aguirre y me dan los buenos días.

Ahora si tomo un desayuno copioso.

Otra vez la canal de Celada y sus piedras, otra vez la fatiga y el amanecer. Sensaciones únicas, imposible de experimentar en otra parte.

la cumbre del picu
Erik escala delante. Escala muy rápido, en un estilo que hacia mucho que no veía y que me trajo muchos recuerdos de mi infancia. Los largos se suceden con deliciosa rutina.

Las mismas presas de manos que ayer, los mismos pies, los mismos empotres en el canalizo. A pesar de ello el Naranjo nunca muestra la misma cara. Un día hace frió, otro hace calor, otro esta nublado, otro esta húmedo, otro esta seco.

El anfiteatro y su trepada, la arista cimera, la virgen de las nieves.
El apretón de manos en la cima  con el cliente, un abrazo, un enhorabuena y la percepción que de su interior brota una emoción incontrolable, y una lagrima feliz se escapa sin querer mejilla abajo. Que mejor reconocimiento, que gran recompensa. Bendito oficio.

CAINEJO

Cainejo es un relato corto con vistas a crecer, una novela embrionaria . Siempre me ha fascinado la primera ascensión al Naranjo por su plano humanístico. El Marques y el Cabrero. Nada uno sin otro.

Por motivo del 1º concurso de relatos Alfredo Iñiguez me animo a escribir este y a iniciar mi proyecto.

Espero que os guste,

Joaquin Alvarez Sanchez.



Sol de verano, implacable, tórrido. Olor a tomillo de alta montaña y a lo rancio de la camisa sudada. La luz se refracta en la roca y la nieve como en un espejo, el cual, devuelve destellos cegadores.  Una gota de sudor mana del entrecejo. Se desliza presa de la gravedad hasta la punta de la nariz donde inexorablemente la sudoración hace que se precipite una tras otra, en un goteo constante. Su destino es frió y negro, de pulido metal, de acanalada forma, de redondeados bordes, de largo cañón, de potencia fatal.
Herméticamente, la presión producida por los músculos de la cara ha cerrado el ojo izquierdo, presión que a la inversa abre el derecho dibujando una exagerada mueca de concentración en el rostro. La mano izquierda sujeta y mueve el cañón sin titubeos, sin oscilaciones. La derecha acaricia el gatillo con seguridad, sin ansia, sin impaciencia. La presa es suya, lo sabe, la abatirá cuando quiera. Con el cuerpo tumbado en las llambrias sigue los movimientos de su presa. Es un buen macho de rebeco, de cabeza grande y cuartos traseros poderosos. La culata pegada al hombro, el ojo en la mira. Ya e míu- se dice para si en su lengua rural. Entonces lo invade una sensación poderosa y ancestral. La misma sensación que experimenta cuando después de muchos días solo en la montaña llega a casa e intenta seducir a su mujer, cegado por el deseo de desposeerla de ropas y yacer con ella en un jergón en el suelo. Otra gota de sudor se desliza por su cara. Cae. Se estrella contra el cañón. Lo tiene delante. Va a disparar. La adrenalina es inmensa. Ahora, ahora. No, espera. Ahora. Espera. Ahora ¡Puggggggg! La pieza cae abatida. Se desploma inerte golpeándose contra las llambrias. Sin esperar a que llegue al suelo se encamina a recoger su trofeo. Con un cuchillo le raja el vientre para vaciar de tripas y vísceras y se lo echa a la espalda. Será una larga bajada por mesones, pero se cenara carne en Caín esta noche.


Es primeros de Agosto del año 1904. Gregorio Pérez Demaria (el atrevidu) se encuentra en Caín de arriba segando detrás de su casa. Fibroso, moreno, piel curtida. La madurez se le adivina de lejos, la rudeza también. Su aspecto es fiero y decidido, su carácter altivo, su paciencia limitada, su sabiduría popular, su orgullo infinito, su palabra inquebrantable. Se apoya un momento en el rozón para echar un trago de vino cuando ve acercarse a alguien con paso decidido. Sin duda ese alguien se dirige hacia él. Desconfiado entrecierra los ojos para afinar la vista
.-Que me querrá esi hiju de puta- se pregunta, y aprieta el rozón como si fuera a cortarle la cabeza al que se acerca.

Rápidamente reconoce a un vecino, es un pastor.

¡Gregorioooooo!-grita el pastor. –Pero que mi gritara esi pistoju, jura dios que lu tiraba a un torcu. ¡

Gregorioooooo!- grita uno. –Hiju de puta voceras- piensa el otro.

-¿Qué tal hombre? Pregunta molesto por ser interrumpido (el atrevidu) ¿de dónde vienes? 

-De Ario- dice el pastor. -¿y que acudes a ayudami co la siega o que demonios? –No Gregorio, mandame el Marques bajar a decite que están los Picos llenos de Gabachos y que mañana baja el a dormir a Caín ya sabes pa que, y que estés listu, eso mi dijo.

 De la cabeza a los pies Gregorio siente un rayo que le atraviesa, que le parte en dos y le paraliza. Absorto y aterrado, recuerda perfectamente la conversación “si así pudiera llamársele”,  que en la cima de Peña Santa hace unas semanas sostuviera con Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós Marques de Villaviciosa.

 –Gregorio, no puedo permitir que ningún extranjero hoye el primero la cima del Naranjo mancillando con su bandera el honor patrio Español ¿comprendes?

-si señor- dice el Cainejo, escueto, siendo perfectamente consciente de lo que escuchara a continuación.

 – Tenemos el deber moral de plantar nuestra bandera nacional en la cumbre antes que ningún maldito monsieur ¿comprendes?

- sí señor.

 El hombre propone y dios dispone, piensa Gregorio.

- ¿Qué se mi perdió a mí en esi picu malditu de los de Bulnes? que tresponga a subilu su madre. Esi Marques chifladu quier depeñame. 

Se lamenta Gregorio en silencio, ensimismado, viendo en su memoria imágenes de rebecos cayendo después de ser alcanzados por el fuego de su escopeta. Golpeándose contra las rocas, rebotando, destrozándose la cabeza. Se imagina a sí mismo muerto, mutilado por los impactos, con el cuerpo contorsionado en una figura diabólica de gestos imposibles. Perdido todo lo humano, inerte y destrozado, feo cadáver, inútil vida, intento prematuro, osado Cainejo, conquistador conquistado.
-
-¡Gregorio, Gregorio! ¿Hombre, estas bien?-pregunta el pastor portador del funesto mensaje

- Sí, sí, estoy bien, gracias hombre 

-¿quieres un trago de vinu?- si por favor.

No hay marcha atrás. El asalto a la más temible aguja de los Picos de Europa es inminente. La montaña soñada por Duques, Condes Y Marqueses, españoles y extranjeros va a ser por fin asaltada. Y va a ser él, precisamente él, Gregorio Pérez Demaria el protagonista de tamaña osadía. La responsabilidad le invade, y en su interior empieza a entender lo grande del asunto. La madrugada del siguiente día saldrá para el Naranjo. Malditos principios, maldita palabra, maldita promesa, maldita vanidad, maldito Marques. La suerte está echada.

A la mañana siguiente, Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós Marques de Villaviciosa llega a Caín sin hacer demasiado ruido. Le acompañan dos porteadores nativos con un poco de equipaje, víveres y unas tiendas para acampar. El Marques es harto conocido en Caín y todo el que puede sale a saludarle, en parte expectantes, en parte previsores. Los nobles son caprichosos, todos lo saben bien, las jóvenes no quieren cruzarse con el señor Marques, o sí.
La comitiva se dirige a Caín de arriba. La gente habla

- pa mí que va en busca del atrevidu, ya subiera con elli a Peña Santa- dicen unos.

- Pues pa mí que va a la canal de mesones- dicen otros. 

La fama de Gregorio como protegido del Marques es bien conocida en Caín, y como es de esperar en una aldea perdida del mundo, envidiada. La habilidad de Gregorio en la peña ha atraído hacia si el interés
de los Nobles necesitados de buenos guías, y entre todos ellos Gregorio Pérez Demaria es sin duda el mejor. Cosa que don Pedro Pidal sabe bien.
Gregorio que está a las cabras unos cientos de metros por encima del pueblo ve venir la comitiva y sabe perfectamente que se dirige a su casa. Deja allí el ganado y ayudado por una larga vara de fresno baja hasta su casa corriendo dando saltos por el viejo camino armado de mesones.
El Marques al verlo se pone en pie, sonríe, y con gesto amigo y actitud solemne da la mano a quien fue su guía en la canal estrecha de Peña Santa y habrá de ser su compañero en la tentativa del Naranjo. A su vez Gregorio, estrecha con fuerza la mano de Pedro Pidal mientras mira a los ojos a quien ha confiado en el para empresas anteriores y ahora para tan grande futura diligencia. Los dos hombres se respetan profundamente. El uno cabrero, el otro, Marques.

Son las dos y media de la madrugada cuando en la casa de Gregorio Pérez empieza el movimiento. En Caín de arriba se almuerza queso, pan, y vino. El llar encendido, ilumina tenuemente los rostros de dos hombres unidos por un destino. Por la obsesión de uno y la palabra de otro. La obsesión de quien puede, por su estatus y posición social, obsesionarse con una piedra. Y la palabra y la obligación de quien no quiere y no puede decir que no.
Los dos salen de la casa, primero el marqués, después el cabrero. Gregorio mira atrás y ve a su mujer, también ve a sus hijos. Duermen en el suelo, enrollados en mantas delante del llar. Su pobreza es inmensa, su existencia miserable, su futuro incierto. Ella levanta la cabeza y se observan, se necesitan el uno al otro para subsistir. El otro es lo único que tiene el uno, no hay palabras, ni reproches, ni gestos. Se despiden con la mirada.
Los dos hombres caminan en medio de la oscuridad. Velozmente atraviesan sedos y armaduras hasta que la senda se hace más transitable. Sin palabras caminan en busca del día, uno delante y otro detrás. Cada uno ensimismado en sus pensamientos. Gregorio piensa en su familia, más concretamente en su mujer. Hoy tendrá que atender todo ella sola. Ordeñar, arreglar el queso, andar a las cabras… El marques solo piensa en una cosa; la gloria.
Son cerca de las seis de la mañana y el día empieza a desperezarse. Encima de si escuchan unos pasos rápidos, muy rápidos. Atónitos presencian una persecución.

- ¡Mire señor!- 

-¿Qué demonios es eso Gregorio? 

Ven un gato gigante perseguir un rebeco.

- Es un llovu cerval señor- ¿llovu cerval?-sí señor, alla por castilla  llaman-y lince, creo. Pero esti gatu dequi e mas grande quel castellanu, e unicu, no e un gatu e un llovu cerval.

Más tarde descubrirá el marques en una enciclopedia faunística que el tal llovu cerval no es sino el gran gato europeo, el lince boreal, y por ende el puma de los Picos de Europa.
Al alba del nuevo día cinco de agosto, por fin están a los pies del desafiante coloso. Con unos prismáticos van desentrañando los misterios de la pared, sus puntos débiles, sus grietas más profundas. A Gregorio le gusta la grieta de la cara norte, al marques también. Las nieblas del cantábrico amenazan con encapotar el día. Casi rezan por ello, así no verán el precipicio. La ruta escogida empieza por una llambria en travesía hasta ponerse a los pies de la chimenea donde empiezan las dificultades. Gregorio toma el mando. Escala descalzo. Pedro Pidal le sigue a metro, fiel a sus indicaciones. El Cainejo porta la cuerda que el marques ha comprado en Londres, con ella y sus manos asegura la vida del noble. Gregorio escala seguro, atascando sus brazos de hierro en las grietas que encuentra. Pidal se siente seguro asegurado por Gregorio. Pero en un momento dado la grieta se estrecha, Gregorio duda, la dificultad aumenta. Es la situación más difícil a la que se hayan enfrentado jamás en una montaña. La grieta se estrecha y extraploma. Entonces Pedro Pidal, que ha escalado con guía en los Alpes y conoce algunas técnicas le propone a Gregorio el paso de hombros. El cabrero duda, pero divertido en parte por la idea de pisarle la cabeza a un marques accede a ello. Gracias a esto Gregorio avanza un metro, llega a unas buenas presas y pasa el escollo. De ahí en adelante la escalada baja de dificultad y la cumbre está al alcance de la mano.
Los metros finales, la cresta cimera, las vistas. Agujas, torres, collados, jous, neveros y glaciares. Alegría incontenida por parte del marques que anda de un sitio a otro de la cumbre, quien sabe si en busca de vestigios que indiquen una presencia anterior a la suya. Una ascensión anónima, sin protagonista, quizá de otro pastor atrevido como Gregorio, quizá de un héroe vadiniense prerromano, quizá de un maldito Francés que va camino ya de su país para publicar la hazaña. Pero Pedro Pidal no encuentra vestigio alguno, y si lo encuentra se lo calla. Una vez tranquilizado, el marques plasma sus emociones en un papel, a la vez que fuma y disfruta de las vistas y las emociones vividas. Gregorio no habla. Bebe vino y contempla desde arriba las sendas y caminos. Pero en su interior es consciente de haber sido protagonista de una gesta digna de honores. Se siente realizado y sereno, se siente importante, se siente reconocido por su compañero, el cual le estrecha la mano a la vez que le dice

- Gregorio, con esta conquista digna de honor y llena de valentía, tu nombre amigo mío, pasara a la historia.

Nueve de Julio de 1913. Gregorio Pérez Demaria, (el atrevidu) conquistador del Naranjo, tiene las cabras enriscadas en una huerta. No queda otra que sacarlas. Con sumo cuidado entra en la colgada repisa herbosa donde se han metido sin retorno sus ganados. Se agacha para prender a la cabra más vieja, a la que con toda seguridad seguirán las otras. El macho cabrío, símbolo demoniaco, celoso de la habilidad de su amo, entendiendo el momento de vulnerabilidad con su inteligencia animal, se acerca silente con la peor intención y levantándose sobre sus cuartos traseros, girando la cabeza, los ojos en blanco de pura maldad, carga su poderosa cornamenta con una energía fatal. La descarga sobre su víctima es terrible, deja sin posibilidad de reacción a Gregorio Pérez conquistador del Naranjo y de la canal estrecha de Peña Santa, quien se precipita ladera abajo a velocidad terminal. Los pensamientos que tuvo al recibir la noticia de que Pidal venía a buscarle para el asalto del Picu se habían cumplido. Visiones que sufrió quizá reales, premonitorias de la escena de su muerte. La gloria y el reconocimiento en vida se han acabado. Efímera es la conquista y fugaz la gloria para quien por su condición social, está obligado a morir picado por pulgas y despeñado por una maldita cabra. Una vez más la vida, cruel, despiadada y hermosa. Verde y humilde tumba para Gregorio. Pero tal y como le prometió el marques en la cima, el mundo, por siempre, recordará su nombre.


Un día cualquiera de la segunda década del siglo veinte. Madrid. El diputado por Asturias don Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós tiene la palabra en el parlamento español. Viejo, senil. El antes cabal, inteligente, locuaz y apasionado orador no es capaz de seguir el hilo de su discurso. Se confunde, divaga, pierde los nervios y se encorajina. Lucha inútilmente contra una vejez despiadada que le tiene postrado. Sus opositores le abuchean, le interrumpen, le tratan con burla y desprecio. Pedro Pidal, conquistador del Naranjo, creador del parque nacional de la montaña de Covadonga, conocedor de los Alpes, persona cultísima. Ahora persona denostada, ridiculizada, burlada. Atrás quedan los tiempos de gloria y deporte, de cacerías y escaladas en sus amados Picos de Europa. Solo el coñac y el humo de su pipa le consuelan y le hacen viajar al pasado. Se ve a sí mismo en Caín, o bañándose en los cristalinos lagos de la montaña de Covadonga. Se ve cazando rebecos y admirando la inmensidad del mar cantábrico desde la cima del Naranjo. Absorto, sumergido en esas visiones, sentado en una silla de estilo Isabelino. Una copa de coñac se le escapa entre los dedos de la mano, antaño fuerte, hoy decrepita. El ruido del vidrio al quebrarse contra el suelo le hace volver a la realidad. Alza la cabeza repentinamente, sobresaltado, y por accidente se ve a sí mismo reflejado en un espejo. A continuación Pedro Pidal vuelve a mirar al suelo, ve la copa hecha añicos y el licor derramado. Inspira profundamente mientras esboza una mueca de autocompasión y dolor, y sin remedio, llora.  Aun así, a pesar del triste final, el mundo, por siempre, recordara su nombre.

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